El eco del golpe que no vi venir
Ahí adelante… mi pasado es otra cosa.
No lo que fue, sino lo que puede llegar a ser, ahora que lo miro con los ojos que me nacieron del dolor.
El tiempo no es una línea recta. Es un círculo, un retorno, un anzuelo que nos arrastra siempre al mismo punto,
como si la historia esperara ser contada de nuevo, esta vez con otro final.
Pero el final no cambia cuando el protagonista es el mismo.
Y yo he sido el mismo hombre tantas veces que ya no me reconozco en los espejos.
Salí a buscar lo nuevo como quien huye de una casa en ruinas,
creyendo que una puerta distinta me devolvería otra historia,
sin saber que lo nuevo solo reescribe el pasado si algo, algo real, algo vital, se pierde para siempre.
Nos aferramos a la revancha como a un viejo guante de boxeo.
Queremos ganar la pelea que ya no existe,
golpear un rostro que ya no está frente a nosotros,
demostrarle al mundo que esta vez no seremos vencidos.
Pero la campana sonó hace rato.
Y estamos solos en el cuadrilátero, lanzando puños al aire,
luchando no contra el otro… sino contra el hambre de tener lo que no tuvimos.
Ese es el verdadero enemigo:
el impulso que nos encadena al deseo de reparar,
de repetir para redimirnos,
como si la repetición fuera un conjuro mágico que transforma la herida en victoria.
Pero no.
La herida no es derrota eterna.
Es la señal de que hemos estado vivos.
Y vivir… vivir es perder, también.
Solo al dar por perdido lo perdido, puedo tener por bien ganado lo que venga.
Solo al soltar la compulsión, nace el acto.
Solo al dejar de repetir, comenzamos a producir.
En algún rincón de la memoria duerme la llave,
pero no para volver atrás,
sino para abrir la puerta del presente,
y decir, por fin: "No quiero ganar esta pelea. Quiero salir del ring."
Quizás eso sea el psicoanálisis:
dejar de pelear contra fantasmas,
y aprender a hablar con ellos.


