No te falta pareja, te falta valor

No estás solo por exigir demasiado.
Estás solo porque aún no sos fruto, y querés que te amen como si ya fueras cosecha.

Vivís esperando el milagro,
como quien clava estacas en el suelo seco
y le exige al desierto que florezca.

Querés ternura sin haber dejado de ser piedra.
Querés lealtad sin haber sido verdad.
Querés un amor sagrado…
pero no sabés ni con qué dioses se paga.

El alma también tiene economía.
Y vos pedís crédito emocional sin haber trabajado el pan de tu propia dignidad.

Soñás con cuerpos perfectos, mentes brillantes, palabras suaves y presencias firmes…
pero no cultivaste ni uno solo de esos dones en vos.
Pedís oasis, pero en tu interior solo hay espejismo.
Querés curar tu sed… y solo bebés agua salada.

Y cuando te quema la garganta, no decís “fui yo”,
decís “el mundo no es justo”.
Pero no hay injusticia más feroz
que esperar lo que no se da,
ni dar lo que no se es.

La soledad no es un castigo.
Es la sala de espera de los que aún no han aprendido a amar sin mendigar.
Es el reflejo inquebrantable de lo que no te animás a mirar:
ese vacío disfrazado de estándar,
ese orgullo que tapa el miedo,
ese cuerpo que pide abrazos sin saber sostenerlos.

No estás solo por exigir.
Estás solo porque aún no valés lo que deseás…
y eso duele.
Duele porque sabés que podrías.
Porque en el fondo, muy en el fondo,
sabés que ser digno del amor que querés…
te exige morir y renacer.

Y eso es lo que venís posponiendo.